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ROMA: LOS CAMINOS DE LA CIUDAD ETERNA

Matar el cliché


La primera vez que fui a Roma maté todo el cliché. Gracias a mi falta de habilidad de leer un mapa, por más simplón que sea, en lugar de doblar hacia la izquierda en Roma Termini, me fui a la derecha. Y llegué a una calle que era la vivienda de muchas personas. Nada de Roma la romántica. Nada de dioses antiguos, ni de emperadores. Tampoco peleas papales, ni grandes creaciones renacentistas. Ni siquiera pequeñas creaciones renacentistas. Solo un montón de mendigos durmiendo, comiendo y haciendo otras cosas muy humanas en medio de la calle.

Había ido solo por tres días, pero terminé quedándome la semana entera. Una semana en la que paré por cuanta gelateria apareció en mi camino, me comí cuanto plato de pasta me pusieron adelante y vacié mi monedero en la Fontana di Trevi.

Me quede en un hostal (que quedaba doblando a la izquierda en Roma Termini) donde conocí a una argentina, que estaba en la misma habitación que yo. Esas cosas que pasan cuando uno viaja solo, que va prendiéndose a los planes de los demás sin problema. Entré a la habitación, saludé con un “hello” y la única persona allí me respondió de la misma manera. Luego de hacer como que nos ignorábamos por un momento, ella rompió el silencio y en un inglés, con un acento que yo conocía bastante, dijo: “my name is Silvana”. Y a las risas, en español, le pregunté de dónde era: de Argentina, Buenos Aires. Respondió. Ah, yo soy de Uruguay, de Colonia. Y comenzó el diálogo: por dónde has viajado, hacia dónde vas después, qué lugar te gustó más. ¿Estás sola? “Sí, viajo sola”, me dijo, “por suerte, porque en este viaje no me aguanto ni a mí, menos a otra persona”.

El euroviaje de Silvana consistía en picar de ciudad en ciudad, dormir en hostales o en trenes, comer fruta para no perder las energías y ser capaz de cumplir con su plan, que estaba extremadamente detallado. Leí en el libro Comer, Rezar, Amar, de Elizabeth Gilbert que ella (Gilbert) era una viajera descuidada, que generalmente no sabía bien a dónde iba, pocas veces tenía reserva de hoteles y no se encargaba de hacer una investigación detallada de su destino. Esa soy yo, pero no es Silvana. Mi nueva compañera de viaje tenía una hoja por cada ciudad que visitaba, donde se podía leer cada uno de los puntos interesantes de la ciudad. Y si se me ocurría preguntarle (como sucedió): “¿qué es el castillo San Ángel?”, ella sacaba su carpeta carpeta, buscaba la I de Italia, luego la R de Roma y me leía dos o tres renglones que explicaban qué era.


De la Ciudad del Vaticano y otras ruinas

Los museos Vaticanos casi me hacen llorar: no podía creer que tuviera que pagar 15 euros para ver obras de arte que pertenecen a la humanidad y que llegaron allí, en su mayoría, gracias a saqueos. Pero los pagué y vi obras paganas que tienen poco o nada que ver con la cristiandad, como el Laoconte, un sacerdote troyano que es comido por una serpiente gigante junto con sus hijos. También una bañera gigante de mármol que era parte de la casa de Nerón.

Sin embargo, al salir de los museos, después de recorrer la Basílica, cuando estaba sentada cerca de las columnas, comiendo un helado, reconocí que la cantidad de obras de arte que son cuidadas por los Museos Vaticanos hacen que el precio y la larga espera en cola valgan la pena. Desde La pietá hasta la última estatua de la Virgen. La capilla Sixtina me dejó con la boca abierta y, aunque tenía a los de seguridad gritando “Silence please!”, no podía callarme la boca; señalaba al techo y me asombraba con cada parte del relato de Miguel Ángel. Pero todo lo demás, me pareció demasiado: demasiado grande, demasiado hermoso, demasiado ostentoso, demasiado caro.

También da un poco de bronca cuando se llega a las ruinas del Foro romano o al Panteón y cualquier cosa que se esté usando como guía nos cuenta que esos edificios, columnas y monumentos existen hoy gracias a que los católicos llegaron, conquistaron y, antes de derribar, se dieron cuenta de que servía para sus propios propósitos.

Por más que quiera ver al Panteón como la iglesia de vaya uno a saber qué santo, no puedo, para mí sigue siendo en Panteón de Agripa, de todos los dioses.


De paseo por ahí 

Seguí a Silvana del Vaticano al Castillo de San Ángel y de allí caminamos hasta el barrio Trastevere.

Calles pequeñas (de esas que encantan), de esas que te dan ganas de seguir caminando. Ropa colgada entre una pared y la otra, el ocre como color primordial. Es el barrio de los artistas, es que, ¿a quién no se le ocurren brillantes ideas?, entre esos edificios tan antiguos con flores colgantes, aires de cotidianidad y fuentes que acunan a muchas personas que leen.

Esas fuentes, las que le dieron vida a la Roma de los emperadores. Agua corriente por toda la ciudad. Y así terminó de caer roma: con los bárbaros destrozando los acueductos.

Me gustaría poder elegir una para que sea mi favorita, pero cada vez que daba dos pasos y me encontraba con una nueva fuente, esa se convertía en la más linda y la más mejor. Sin dudas,  las que más me gustan son las fuentes que escupen: me da mucha gracia tomar agua de esas fuentes y, a la vez, no puedo evitar querer tomar cuando veo una cara que larga agua por la boca. Después está Neptuno en la Plaza Navona, tan alto y perfecto luchando contra leones marinos y, por supuesto, la Fontana di Trevi, donde supe dejar gran parte de mi fortuna. Es como si el espectro de turistas que visitan Roma pudieran ser estudiados desde un rincón en la Fontana di Trevi: los enamorados, los que viajan en grupo, los que no paran de sacarse selfies, los que se sientan, tranquilos…

Con Silvana nos despedimos en la esquina del hostal: ella se fue a buscar sus cosas, yo a tratar de hablar chino para comprar comida cerca del hostal.

Quise quedarme más días en Roma para no tener que andar corriendo. Es que los italianos tienen este ritmo de vida que, de vez en cuando, está bueno imitar: bajar la velocidad del mundo, detenerse a comer algo, a leer un libro por esas callecitas que tiene Trastevere, o a probar un nuevo vino. Visité la Fontana di Trevi unas tres veces durante esta semana. La vi con la luz del alba, con la del atardecer y también con un helado en las manos.

Hay personas que necesitan la estructura: que el metro llegue a la hora que dice, que las reuniones no comiencen media hora más tarde. Yo, por mi parte, necesito más pasta. Es verdad que todo podría estar más limpio y también que esta ciudad se maneja con otro huso horario. Pero ¿no es esa parte de la magia? Después de todo, es la ciudad del amor y el amor necesita libertad de expresión.


GUÍA

Una película: A Roma con amor, Woody Allen (2012); Roman Holiday, William Wyler (1953)

Un libro: La peste, Cruzio Malaparte; Comer, rezar, amar, Elizabeth Gilbert

Una fuente: Los cuatro ríos, Plaza Navona

Una iglesia: Panteón de Agripa

Un ejemplo a seguir: Sofia Loren

Para empacharse: Spaghetti alla carbonara (¡obvio!)

Un consejo: ¡Coman! Y que no importe la talla del pantalón.

Este artículo fue publicado en la revista La Mirilla. Link a la publicación original: http://revistalamirilla.com/2017/05/los-caminos-de-la-ciudad-eterna/