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  • Cata Bertón

Historias, lugares y Sobredosis

¿Les sucede de pasar por lugares que les recuerdan historias? Además de las reales, también paso por lugares que me traen a la mente esas historias inventadas. Por ejemplo, el lugar de la foto, en el Parque Rodó de Montevideo.

Gran parte de mi novela Sobredosis se desarrolla en este parque y la estatua de la foto también tiene su momento de protagonismo: primero cuando Marisa (el personaje principal) se deja escapar de su propia vida al pintarlo; luego, cuando ya es una mujer muy tensa y, al ver la pintura que hizo en aquellos tiempos de libertad, se plantea el resto de la novela (en la búsqueda de esa libertad perdida).

Acá dejo un fragmento:




(...)

Sin embargo, en nombre de la amistad, aceptó acompañarla al día siguiente al parque. Y ya que iban a pasar allí las horas cálidas del día, Marisa aprovechó para llevar un cuaderno de bocetos y crayones. Armaron campamento frente al puente, donde, al otro lado del pequeño canal, había una estatua clásica de una hombre acostado con la cabeza llena de rulos. Marisa armó su estudio de dibujo justo al frente de la estatua y sus amigas se sentaron atrás, una a estudiar sus apuntes, la otra a cebar mate.

Las escuchaba discutir detrás de ella. Jimena le mandaba a Belén a cerrar el libro y Belén, que adquiría un tono muy serio (casi melancólico) cuando hablaba de su carrera, le repetía la importancia de lo que estaba estudiando.

—Ya, no peleen —dijo Marisa, que trazaba líneas en una hoja que ya no era blanca.

—¿Y vos qué, Marisa? —preguntó Belén— ¿Decidiste algo ya? Marisa debería haber esperado esa pregunta. Nunca fallaba.

Pero, como cada vez, la agarró con la guardia baja.

—Dejala tranquila —dijo Jimena—, tiene tiempo todavía.

Y sintió cómo la tormenta caía sobre ella sin aviso.

—¡No, no tiene tiempo! ¿No te das cuenta, Jimena, que no hay tiempo? ¡Que tenemos una sola oportunidad de elegir las cosas y tenemos que hacerlo bien! No podemos demorar tanto en terminar una carrera porque después no conseguimos trabajo y también tenemos que cuidar en qué lugares trabajamos porque nos puede dar mala reputación. Y que si no hacemos actividades extracurriculares, después no nos van a dar becas para hacer postrados —dejó de hablar para tomar aire—. No tenemos tiempo, pero parece que soy la única que se da cuenta.

Marisa bajó el crayón.

Había escuchado el mismo discurso tantas veces, no solo por su amiga (la responsable y sobresaliente Belén), sino en boca de su madre, amigos de sus padres, abuelos, profesores. Su propio novio, Sebastián, que estaba estudiando economía, no dejaba de decirle que había decisiones que tenía que tomarlas rápido. Sin embargo, allí seguía, pintando, igual que cuando tenía seis años, usando zapatillas y remeras manchadas con químicos fotográficos. Ella no se sentía adulta, no se sentía en condiciones de elegir una vida. No tenía idea qué vida quería. ¿Es que nadie se daba cuenta?, ¿es que no podían dejarla en paz? Apretó el crayón contra el papel y lo arrastró de pura rabia.

—No se metan conmigo, che —dijo—, yo no tengo nada que ver. De momento no le interesaba ninguna actividad extracurricular más que pintar. No quería pensar en dónde trabajar, ni mucho menos pensar en becas para postgrados. Volvió a dar otro rayón.

Sabía que debía tomar una decisión, aunque fuera para que la dejaran en paz. Pero nadie mejor que ella sabía que aún no. Enderezó la espalda para mirar su obra con cierta distancia: la estatua comenzaba a tomar forma en su hoja. Sintió una respiración profunda y al girar la cabeza vio a Tomás parado a su lado, mirando su dibujo.

—Me parece que la mirada de la estatua real no es tan triste —dijo él.

Estaba concediendo demasiado, la estatua de su pintura parecía a punto de romper en llanto.

—No los escuché llegar —dijo ella, sonriendo.

Al mirar atrás vio a Jimena y Andrés que ya estaban en su propio mundo, conversando tan cerca el uno del otro que lo demás no existía, y a Esteban, que había sido lo suficientemente inteligente para sentarse tan lejos de Belén como le fuera posible. Le sonrió a modo de saludo; él, que ya tenía una sonrisa en su rostro, le devolvió el silencioso saludo a Marisa y se acostó en el pasto.

Marisa tuvo que arreglar la expresión de tristeza de su estatua, si quería evitar preguntas un tanto personales. Tomás no dejó su lado. Fue testigo de la creación de esa pieza de arte hasta que el frío los echó del parque. Marisa juntó sus cosas, con el dibujo a medio terminar.



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