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RUSIA: CRÓNICA DE VIAJE

Publicado en el blog de Instituto Fénix

VOLUMEN 1


Rusia es que es tan grande que ni siquiera entra en un continente. Tomé un curso de Literatura rusa cuando estaba en facultad y, en la primera clase, el profesor dijo que nos estábamos por sumergir en el país que lo tiene todo, que es un continente en sí mismo; el lugar de los ricos más ricos y los pobres más pobres. Que tengamos en cuenta que es un país muy religioso, tanto que ni siquiera la URSS pudo contra la religión ortodoxa. Que es inconquistable (preguntémosle a Napoleón, a Hitler y al invierno ruso).

VLADIVOSTOK

Balalaika, vodka y fútbol

Cerca del Instituto Fénix, en Montevideo, hay una fuente llena de candados. Representan la valentía de todas las parejas que se atreven a sellar su amor eterno. Es un gesto de prueba de amor que se repite en varias ciudades, pero nunca deja de parecerme romántico. En Vladivostok encontré llaveros cerrados alrededor de un monumento. Al parecer, en esta ciudad es costumbre que luego de jurar amor hasta que la muerte los separe ante el gobierno, las parejas llevan sus candados a este monumento (que, por cierto, es en honor de dos hombres de ciencia) como parte de la ceremonia del matrimonio.

Jamás pensé llegar al extremo este de Rusia. Donde nace la vía del transiberiano, donde no han aumentado la cantidad de semáforos desde 1989, por lo que a las seis de la tarde quedé trancada durante horas en el tránsito. Sí había estudiado el extremo este de Rusia porque cuando escribí mi tesis de grado, que era un guión de largometraje, cree un personaje: un hombre que se sentía muy disconforme con todo lo que pasaba a su alrededor; él armaba su bolso y se iba a recorrer el mundo. Solo paraba de viajar al llegar al extremo este de Rusia, donde se daba cuenta que por más lejos que se fuera, el que debía cambiar era él. De todas formas, un abismo gigante entre mi personaje y yo, nunca pensé encontrarme en sus zapatos: mirando al océano y sintiéndome tan lejos de casa.

La primera persona rusa con la que hablé se llamaba Anastasia, “como la princesa”, pensé; siempre me gustó la historia de la Revolución Rusa y el mito de que la princesa aún vivía, era más grande que todo ese continente.

Luego también conocí a una Ania, una Olga y un Iván. Esos nombres que suenan tan rusos. Le pregunté a Ania cómo sería mi nombre en su idioma, “Catalina” no le sonaba a nada, pero cuando le dije (en inglés) que me llamaba como Catalina la Grande, sonrió y dijo “Katia”, así que cuando se acercaron dos muchachos a conversar, ella me presentó como Katia.

En inglés no sabían demasiado: hola, cómo andas y tomar vodka, fue todo lo que dijeron. Me preguntaron de donde era: de Uruguay. ¡Ah, fútbol! “Ania, Katia, vodka, balalaica e fútbol”.


 

VOLUMEN II

SAN PETERSBURGO

“Es una ciudad hermosa”, me decían. “La noche es muy loca”, también escuché. Durante meses antes de llegar a Rusia personas de todo el mundo daban testimonios de cómo habían sido robados por la policía rusa, o de lo impresionante que son los palacios e iglesias en esa ciudad.

Mi primera impresión fue: es grande.

Va más allá de que sea una megalópolis con calles que llevan y traen a diestro y siniestro, con las iglesias ortodoxas tan coloridas, de formas redondeadas. Tiene que ver con que en el centro de San Petersburgo, a muchas cuadras a la redonda de la avenida Nevski Prospekt, no vi una casa. Más que nada edificios. Bloques y bloques rectangulares llenos de puertas y ventanas. Veredas angostas, calles de la misma forma que desembocan en avenidas descomunales, en mares de personas que pasaban sin mirar al costado. Es grande. La ciudad que Rusia nos presenta se aleja por completo del pantano que supo ser hasta que Pedro, el Grande, mandó a construir una ciudad-puerto a semejanza de Ámsterdam y Venecia.

En mi primer día en la Gran San Petersburgo solo fui capaz de caminar. Calles, parques, esquinas y catedrales. Perdida en el mapa, dejándome llevar por un amigo de macedonia que, supuestamente, sabía dónde estábamos. Él al menos entendía el alfabeto cirílico y esa costumbre de poca sonrisa que se veía por los cafés rusos.

La Iglesia del Salvador de la Sangre Derramada siempre me pareció una torta con merengues de colores. Al llegar, al tenerla frente a mí, esa explosión de formas y colores, tan diferente a las iglesias que estaba acostumbrada a ver, las iglesias ortodoxas parecen mucho más felices. Y esta iglesia se convirtió en un paseo obligado: cada vez que llegaba al centro de San Petersburgo tenía que ir por allí y dar mis respetos.

Es mucho más que una iglesia: es un monumento en honor al Zar Alejandro II que fue asesinado en el lugar justo donde se levanta este carnaval ortodoxo, tan colorido y con tanta significancia a la historia rusa.

Noches blancas

Crucero por el río Nevá: Hay que hacerlo. Especialmente si se visita Rusia durante el verano y se tiene la oportunidad de ver días eternos. Las noches blancas, como le llaman a ese fenómeno de luz de sol continua, es un espectáculo en sí mismo, pero si a esto lo acompañamos con un lento viaje por el río para ver el cambio de colores (por la luz) en los edificios… entonces es una experiencia completa.

Al bajarnos del crucero comenzamos a caminar por la avenida Nevski, casi desierta a esa hora. Parte de la noche loca de San Petersburgo, detalle que las personas que me hablaban de la ciudad seguro se olvidaron de mencionar, es que los puentes de la megalópolis se levantan a ciertas horas de la noche y separan la ciudad: el centro queda totalmente aislado. Es para que los barcos puedan pasar por los canales. Pero tuvimos la buena suerte (porque todo mal momento en un viaje se convierte en aventura) de que conseguimos uno de estos taxis civiles que no sabía a dónde llevarnos y en lugar de al puerto de cruceros nos llevó al puerto de carga.

San Petersburgo sabe de iglesias y palacios. De uno de los museos más completos del mundo, como es el Hermitage, donde se conservan piezas desde la época de Pedro, el Grande. De joyas y fiestas reales, también como tragedia, hambre y frío. San Petersburgo es testigo e invita a sus visitantes a conocer ambas caras de la historia rusa. La que nos encanta con bailes de zares y la que nos golpea con olas de frío.


Los artículos originales fueron publicados en el blog de Instituto Fénix y se puede acceder por este link:

Volumen I: https://www.fenixinternacional.com/single-post/2017/07/28/Rusia-Cr%25C3%25B3nica-de-viaje—volumen-1

Volumen II: https://www.fenixinternacional.com/single-post/2017/08/25/Rusia-Crónica-de-Viaje—volumen-2