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COPENHAGUE: BAJO EL MAR

Un recorrido por calles de relatos fantásticos, por canales de pescadores y parques de diversiones históricos. Copenhague es atrevida y familiar a la vez.

La mujer más visitada del mundo tiene cola de pez. Según la historia del escritor danés Hans Christian Andersen, la Pequeña Señora de los Mares (que sería la traducción literal de Pequeña sirenita del danés al español) se sentía atraída por el mundo humano, tanto fue así que se enamoró de un príncipe de nuestra raza.
Pasaba horas sentada en una piedra para poder ver pasar a su ser más preciado. Y, si bien conocemos gran parte de la historia gracias a Disney, el final del cuento de Andersen no es tan romántico ni alentador, aunque sí mucho más complejo, lleno de metáforas y enseñanzas para la vida. Mientras nosotros definimos el final de la historia que más nos gusta, la sirenita espera a que pase su príncipe, cada día y cada noche, sentada en la misma piedra en la costa del mar Báltico, desde agosto de 1913. Le debemos las gracias al cervecero Carl Jacobsen (de la cerveza Carlsberg), por quedar encantado con el ballet danés que interpretó la historia de Andersen; encargó la construcción de una estatua que conmemorara esa historia para regalar a su ciudad, a Copenhague. Edvard Eriksen fue el escultor a quien se le encomendó la misión de captar la esencia del relato en una escultura y con una imagen clara de lo que deseaba conseguir, le pidió a la prima ballerina del ballet de su país, Ellen Price, que posara para él. Lo que en un principio no fue problema, por lo que la estatua tiene la cara de la bailarina, sí lo fue después: cuando Price supo que debía posar desnuda. Entonces Eriksen se quedó sin modelo. La estatua, que no tiene más de 1,25 metros de alto, nos muestra la cara de la bailarina Prince y el cuerpo de la esposa de Eriksen. Y es una de las estatuas más visitadas del mundo, además de ser el símbolo de la ciudad.


El reino de las bicicletas


Copenhague descansa a orillas del mar Báltico, con pocos restos de cuando fue una ciudad amurallada, gritando a los cuatro vientos que nació como pueblo de pescadores y con muchas bicicletas. Sobre todo las bicicletas. Otras ciudades del norte Europeo tienen sendas marcadas por donde deben transitar las bicis, Copenhague, en cambio, es toda para las bicicletas: calles o vereda, las reinas de la calle tienen dos ruedas y nada de motor. En ellas se aplican carritos para niños (y no tan niños), para mandados y hasta para llevar instrumentos musicales. Y alrededor de los cafés, especialmente en el centro, hay que cuidar por dónde pasar porque las bicicletas bloquean todos los caminos. De mis primeros días en la capital danesa recuerdo el constante sonido de la campanitas de las bicicletas, para que me corriera porque les estorbaba el camino. No debería ser muy diferente a Montevideo,ya que tiene 1,1 millónes de habitantes, pero al ser la capital de un país que durante seis meses al año queda tapado de nieve, tiene la obligación de ser más ordenada. Tuve la suerte de visitar la ciudad en verano, por lo que de la nieve no vi ni rastro. En cambio, vi parques verdes, familias enteras que pasaban días en esos parques y cafés que (sí, aun en verano) prendían los calentadores entre las mesas de la vereda.

Alrededor del 30% de la población utiliza la bicicleta como medio de transporte


Postales del norte


Por supuesto que lo primero que quería hacer al llegar a la ciudad era ver a la sirenita. Mi amigo macedonio, que hacía de guía por esas calles danesas, me llevó, entonces, a ver a la sirena. En el muelle no estaba la muchacha sentada en la piedra, mirando al piso y con una expresión tan triste con la vida. No. En cambio había una sirena mucho más audaz, que no tenía ninguna posición de espera, sino más bien de que estaba mirando al príncipe.  De ahí seguimos camino a tomar un café a Nyhavn. La clásica foto de las casas coloridas en el canal, en la esquina del casco histórico. Esas construcciones datan del siglo XVII cuando uno de los reyes daneses tomó a los prisioneros suecos de la guerra más reciente y los mandó a dragar el canal para que barcos de carga y pescadores pudieran llegar a la ciudad. Fue, durante mucho tiempo, el área de mala reputación, hasta que la ciudad llegó a expandirse de tal forma que absorbió los canales: los pescadores y los barcos de carga ya son bonitos elementos de decorado. El canal, al ser uno de los lugares más populares de la ciudad y también por ser hermoso, está lleno de turistas. Me uno a ellos y pido un café en uno de los tantos bares que hay a un lado del canal. Hans Christian Andersen, por cierto, vivió varios años en una de esas casas de colores. Quiso la casualidad que al mediodía estuviéramos de paso por la plaza Amalienborg, sin tener mucha idea de dónde estábamos, si soy sincera. Pero ver a los soldados cambiando la guardia nos dio la pista de que ese lugar debía de ser algo importante. Tal vez hasta un palacio. Y resultó que no, no es un palacio, sino cuatro, que son la residencia real. El cambio de guardia es un pequeño desfile militar de media hora, que comienza en el castillo Rosenborg, pasa por el barrio latino entre otros lugares, hasta llegar al palacio Amalienborg. Parece ser que en todo país con rey hay cambio de guardia y que todas las guías turísticas de esos lugares recomiendan ver tan espectáculo. Es más, todas esas guías lo ofrecen como espectáculo gratis, cuando en realidad no es un show, sino una función militar. Pero, limitándonos a lo que al espectáculo se refiere, el cambio de guardia de Copenhague es increíble, porque no hay limitaciones de espacio: se puede estar tan cerca de los soldados (o guardianes) como se quiera (o lo permitan los otros turistas).


Jazz en familia


Era sábado de tarde, no había nadie en la entrada del parque cobrando entradas y, con algo de miedo de estar saltando alguna norma estatal de la que no estábamos informadas (por no pagar ningún tique), entramos al parque como Juan por su casa. El escenario donde estaba la banda no parecía nada improvisado, al menos no improvisado al estilo uruguayo, sino que tenía una carpa de tela (algo así como las carpas medievales) cubriendo a los músicos y las luces. Alrededor del escenario ya no quedaba lugar. Un mar de cabezas rubias ocupaba sillas de playa o manteles de picnic a lo largo y ancho de ese sector del parque. Y no solo adultos que disfrutaban de una tarde de jazz, sino familias enteras. Este festival de jazz que cada verano se lleva a cabo en la capital danesa dura 10 días y se toca en bares, teatros, restaurantes y al aire libre. Durante esos 10 días, entonces, más de 1.000 conciertos son organizados y personas de todas partes del mundo viajan para apreciar a los mejores grupos, músicos y vocalistas de este tipo de música.

Ciudad libre de Christiania


Más allá de que varias calles, ciudades, estatuas y demás elementos de valor tanto en Dinamarca como en Noruega lleven el nombre de Christiania, porque ambos países supieron tener grandes reyes llamados Christian, el Christiania al que hago referencia es a la ciudad libre dentro de la no tan liberal nórdica Copenhague. Es un colectivo social que se considera fuera de la Unión Europea, que apoya el cultivo, venta y consumo de drogas blandas; una vez que se cruzan sus muros, un olor dulzón caracteriza el ambiente. Una vez dentro, somos todos amigos. Sin duda que no parece ser parte de la Unión Europea. El terreno del colectivo fue ocupado con la idea de que los niños pudieran jugar con libertad: una pareja de padres rompieron los muros que dividían el terreno militar abandonado. Luego ocuparon las tierras y después de varias negociaciones (y peligros de expropiación), se armó el colectivo y llevaron eso de la libertad a otro nivel. Aunque los ciudadanos de este lugar pagan electricidad, agua y una especie de alquiler de acuerdo al tamaño de la casa, no hay indicios de que otras partes de la aldea se tomen en cuenta: algunas calles permanecen de tierra, llenas de pozos y la maleza crece hasta en las paredes de las casas. Los perros corren y andan en jaurías, hay una guardería para los habitantes más pequeños. También es el lugar elegido por muchos turistas para comer y tomar, porque los precios (al estar excluidos de impuestos) son mucho menores que en otras partes de la ciudad.  Allí fui con una brasileña y un portugués, ambos encantados con los aires de libertad que recorrían el colectivo. Asombrados, mirando a nuestro alrededor, sin poder creer que solo nos tomara cruzar un pasillo para dejar de ver cada cosa en su lugar, como sí sucede en el resto de la ciudad. Cómo podía ser que en un lugar tan lejos de casa hubiera algo que se pareciera tanto (más allá del dulce olor), con casas pintorescas, murales, todo lleno de color. Aun así, no me pude convencer de que todo lo que veía fuera real. Más que otra cosa parecía un ideal lejano que después de tantos años había caído preso de su propio fundamentalismo. Y, aunque me quieran convencer de que es un ambiente natural, sin pretensiones, real y blablablá, el autobús turístico de Copenhague tiene una parada justo en la entrada de este colectivo.


Desde 1200 hasta el siglo XIX todo el tráfico de la ciudad se daba por cuatro entradas


Mujeres en quien confiar


Los daneses supieron tener las únicas mujeres en las que se podía confiar. Según ellos. Pero también supieron perderlas. Las chicas del tiempo, que descansan a la vista, a lo alto de la torre del edificio Richshuset, justo encima de un barómetro de neón que sí funciona. Estas chicas solían turnar sus tiempos a la intemperie dependiendo del clima: cuando el pronóstico era de lluvias, salía la chica del tiempo que estaba protegida por un paraguas, con sobretodo y un perrito; mientras que si el pronóstico era para buen tiempo, la chica salía con una bicicleta. Este mecanismo de la década de 1930 fue construido por un escultor local y es una manera increíble de informar el pronóstico del tiempo. Durante años se confió en estas dos mujeres hasta el punto de que, a modo de broma, se decía que eran las únicas dos chicas danesas en quienes se podía confiar Sin embargo, hace años que este mecanismo ya no funciona. Las dos decoran lo alto de la torre. ¿Tal vez como un recordatorio constante de que el tiempo cambia? O que en la década de 1930 ya era una ciudad plagada de bicicletas.


La ciudadela


Uno de los paseos más bonitos que hice fue por la parte fortificada de la ciudad, Kastellet, que significa ‘ciudadela’. En un primer momento se construyó la fortificación para luego construir un castillo en el interior del terreno. Pero por problemas económicos (de esos que ya no tienen en esos países del norte) no se pudo construir. Sí quedó el foso, que solo tiene dos puentes que unen a Kastellet con el resto de la ciudad de Dinamarca. Es el fuerte mejor conservado del norte de Europa, aparentemente. Y sí que ha sido útil. Desde su construcción en 1626 ha protegido a la ciudad de invasiones suecas e inglesas. Aunque hay actividades militares, en realidad ahora es un paseo para las personas de la ciudad.


Bajo las estrellas también


Al caer la noche la mayoría de mis amigos se fueron al Centro, a buscar un bar. Yo, con la idea fija, caminé hasta Langelinie, el muelle donde está la sirenita. Era la última noche en Dinamarca y quería sacarle fotos a la estatua con la luna de fondo. Fue una grata sorpresa que, además de tranquila, la sirenita estuviera sola, porque al llegar solo había dos chicos holandeses que habían ido en bicicleta y estaban consumiendo lo que tan libremente habían comprado en Christiania. Ellos estaban en su mundo y yo en el mío, así que salté de una piedra a otra, forcé el flash y bajé la velocidad tanto como me fue posible. Quiso la suerte que cuando estaba por dejar a la señora de los mares, un grupo de conocidos llegaran. Una de ellas también fotógrafa, tailandesa y con trípode. Así me despedí de esta ciudad llena de arte, de estatuas públicas (algunas bajo agua), de construcciones únicas (como la iglesia de Nuestro Salvador que tiene una escalera exterior que llega casi hasta la cima de su pico), de libertad, de música. Me despedí de Copenhague parada de puntas de pie en una piedra mínima tan cerca de la sirena como pude, sosteniendo un flash por encima de mi cabeza.


Este artículo fue publicado en la revista Seisgrados. Link a la publicación original: http://www.elobservador.com.uy/copenhague-el-mar-n263291