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ALASKA: LA ÚLTIMA FRONTERA

Seisgrados llegó al norte más norte, para relatar cómo se vive en la tierra del frío, los días largos y las noches heladas. Un viaje que promete aventura pero también requiere preparación.

¿Dónde están los osos? Pregunta una mujer. Es turista, como todos los que estamos allí. Sin embargo, parecer ser la única en no darse cuenta de que no es un zoológico, sino el hábitat de esos osos que espera ver. Que la intrusa es ella. Que en ese lugar el ser humano es muy pequeño y que necesita ser consciente de ese tamaño porque Alaska presenta un mundo diferente: el de la preparación.

Llegamos al norte después de cruzar el estrecho de Bering. De vivir días largos y noches frías. No tenía muy definido qué esperar. En cambio, tenía claro qué quería: todo. Ver osos, ballenas, águilas, alces, todas las tiendas navideñas, glaciares, montañas, más glaciares y más osos. También quería ir a un bar en Juneau donde ponen una placa con el nombre del cliente que se toma todas las cervezas que ofrecen en la temporada.

Prometíamos naturaleza. Animales salvajes, leyendas de oro y del oeste más lejano. Recolectábamos afiches de cómo reaccionar si veíamos osos: con los osos negros podíamos salir corriendo, pero con los grizzlies solo queda rezar y hacerse el mu

erto. Así y todo, con el afiche en alguna parte de la mochila, más de una vez salimos a descubrir un nuevo camino por el bosque con comida en la mano.

Alaska es el Estado número 49 de Estados Unidos. Al incorporarse a la unión destronó a Texas como el estado más grande

Alaska no desilusiona. Si promete algo, cumple. Y para una persona que no está acostumbrada a la preparación, Alaska presenta un desafío. En casa el auto no requiere demasiada atención: nafta cuando la aguja marca reserva, aceite más o menos en la misma situación y aire en las llantas cuando se siente pesado.

Pequeños detalles sin importancia (porque, después de todo, quedarse sin nafta no significa nada más que llamar a alguien para que nos vaya a buscar) que en ese rincón del norte del mundo puede ser lo que defina la vida. Grados bajo cero, metros de nieve y días sin ver la luz del sol.

En busca del oro

A finales de la década de 1890, Estados Unidos atravesaba una crisis económica.

Y como todas las de esa clase, se estaba convirtiendo en una crisis moral. Para un país como este pocas cosas levantan más el espíritu humano que cruzar la frontera. Y conquistarla. Desde que los primeros colonos llegaron al norte de América, yendo siempre hacia el oeste, es como que todos sus descendientes (y los descendientes de los que llegaron después) sintieron la misma necesidad de avanzar hacia el oeste. Y antes de llegar a la Luna, fueron un poco más.

La fiebre del oro en Alaska arrastró con ella a personas hasta del lejano este. Pero Alaska no es para almas débiles.

Skagway es un pueblo al sur de Alaska. Era la última parada del tren que recorría el Yukón (la zona donde se desarrolló la fiebre del oro en ese estado). Rita y Levi, amigos húngaros, me llevaban a las afueras del pueblo. Me hablaron de una cascada que corría más allá de las vías del tren y era un buen lugar para sacar fotos. Lo que no me dijeron era que esa cascada estaba pasando un cementerio.

Una piedra dorada nos dio la bienvenida. De ese momento en más, mis pies dejaron de caminar hacia la cascada. Frente a mí: tumbas tan antiquísimas como la fiebre. Maderas rotas y piedras donde casi no se leían las inscripciones. Otras recién restauradas. Fechas antiguas y muertes (para mí) extrañas: avalanchas, osos y tiroteos. O un Frank Reid, que en su tumba tiene la bandera estadounidense y flores frescas y en su lápida se lee que murió por el honor de Skagway. La cascada a la que pretendíamos llegar lleva su nombre. También se lee la inscripción en la lápida del sheriff que murió en defensa de la ley el mismo día que nació su hija.

Personas arrastradas por la esperanza. De culturas distantes llegaron a un lugar sin civilización, donde los tiroteos eran cuestión diaria y la ley era la de la selva.

Ese cementerio es testigo de todos los caídos en busca de una vida mejor.


El lejano, lejano oeste

El paisaje citadino alaskeño parece una escenografía. Las casas son de madera y las calles anchas. Es como si John Wayne fuera a aparecer caminando por una esquina con el sombrero haciéndole sombra en el rostro; y que por la otra esquina el que aparecería con el mismo gesto sombrío y la mano cerca de la cadera sería Clint Eastwood.

Si toda ficción se basa en la realidad, Skagway es un set de Hollywood, pe

ro mucho más antiguo. Este pueblo se mantiene original desde la época de la fiebre del oro, con agregados modernos como agua corriente, duchas y aire acondicionado, y nunca tuvo la obligación de ser reconstruido por causa de incendio o avalancha.

El centro está dedicado a los turistas y esconde historias que pocos buscan descubrir. Como el nombre del bar que está en la esquina de las dos calles principales y refiere a cierta parte del cuerpo femenino (Red Onion Saloon) y las meseras que allí atienden visten de la misma forma que lo hacían a finales del siglo XIX. O la casa del fundador del pueblo, que se casó con una nativa Klondike y tuvo más hijos de los que recuerdo. Lo que se ve en la calle principal, en ese lugar de escenografía, son tiendas de diamantes y souvenires Made in China. Como en todos los lugares, para conocer, hay que salir del barullo de la gente.

Las estrellas en la bandera de Alaska representan a la constelación Osa Mayor y en la derecha de la esquina superior está la Estrella Polar


Tras las huellas


Skagway da todas las posibilidades. Después de cuatro meses, aún me faltaban caminos por recorrer y cosas para ver. Algunas personas dicen y repiten que una montaña es una montaña. Para esas personas es que existen las calles abarrotadas

de tiendas de diamantes y souvenires extranjeros. Los demás, los aventureros, los que llegan a Alaska buscando lo que ofrece (y eso es naturaleza), esos son los que se calzan el buen calzado y salen a descubrir las diferencias entre una montaña y la otra. Y vaya que hay diferencia. También hay que tener el manual de qué hacer frente a los osos en el bolsillo (aunque es del todo inútil si nunca se leyó).

Si nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, entonces aplicamos la misma regla para los caminos en Alaska. Al subir la misma montaña por el mismo camino en diferentes momentos del año, se encuentran diferentes universos. Para comenzar, los osos solamente se ven en verano, aunque los carteles en las calles ruegan cuidarse de ellos están todo el año. Todo cambia, hasta la corriente del agua.

Hay un camino que cada vez que se recorre es distinto, como si se estuviera yendo por un lugar diferente. Skagway se presta para seguir rastros, porque el pueblo tiene casitas atractivas, un minimercado y una librería con un internet devastadoramente lento; pero fuera de las cuatro calles que lo forman hay muchas posibilidades: el cementerio de la fiebre del oro, seguir las vías del tren, llegar al lago entre las montañas o caminar entre las rocas, por la costa.


Jazz y cerveza de cereza


Unos músicos amigos organizaron un toque espontáneo de jazz. Por las dudas de que el tipo de música no atrajera demasiada gente, el toque se llevó a cabo en una cervecería artesanal.

Caminamos juntos a las afueras del pueblo, pasamos el cementerio y seguimos de largo bordeando un río. Y justo cuando mis pies estaban por renunciar, me dijeron que al llegar tenía dos chops de cerveza a mi elección totalmente gratis. Era un cálido día de verano y estaba lejos del pueblo, pocas cosas parecían mejor que esas dos cervezas.

Lo que no esperaba era tener dos pizarras enteras llenas de nombres de frutas escritas en tizas de colores. Parecía que dos no iban a ser suficientes, porque entre los frutos del bosque, solamente, se me antojaban todas. Así transcurrió el día, con un chop de cerveza de cereza en mi mano, jazz improvisado y las montañas de fondo.

En Alaska las fábricas de cerveza no escasean, pero la más reconocida (y también la más industrializada) es la cerveza Alaskan. La cervecería está en Juneau, la capital del estado. Cuando se visita la cervecería se puede hacer un tour gratis en el que cuentan cómo surgió la idea de poner una cervecería en Alaska (y por qué todos los bancos refutaron el pedido del préstamo: poner una cervecería en un estado tapado de nieve seis meses al año y en una ciudad a la que no se puede acceder por ninguna ruta no parecía una inversión saludable), además de seis muestras gratis de cerveza.

Glaciares y icebergs

Whittier es un pueblo pesquero. Tiene un solo edificio que fue construido en la segunda guerra mundial como refugio antibombas para protegerse del avance japonés en Alaska. Allí viven todos los habitantes del lugar (que no pasan de 500 personas) y todos los viernes a las 5 de la tarde (durante el verano) prueban la alarma contra tsunami.

Este pueblo está rodeado de glaciares y agua. Para algunos tipos de glaciares es sano perder las capas delanteras de hielo, de esa forma deja espacio para que el hielo nuevo se siga acumulando. El problema es cuando la cantidad de hielo que se desprende es excesiva; especialmente por el calentamiento global. Si a los dos glaciares que rodean Whittier se les da por dejar caer sus partes a la vez: tsunami.

El parque Mendenhall, en Juneau, tiene el glaciar como principal atracción. Con el paso de los años, este dejó su tamaño en el lago. A medida que nos acercábamos, nos topábamos con marcas en madera indicando cuánto había decrecido ese glaciar. Así y todo, el pequeño tiene 19 kilómetros.

Tienen algo, los glaciares, que infunden calma. En realidad, si pensamos un minuto sobre lo que significa en sí un glaciar, entonces de paz no tiene nada: trozos gigantes de hielo macizo desprendiéndose del bloque principal. Sin embargo, pasé horas sentada en una piedra mirando cómo los trozos de hielo caían del pequeño glaciar Mendenhall. Y cada vez que escuchaba el bum del hielo cayendo al agua, era como si una tensión de mi cuerpo cayera también.

En el sur de Alaska hay una bahía llamada Glacier Bay en la que solamente se ve hielo. Glaciares de todos los tamaños y montañas que intentan contenerlos. Es un parque nacional que mantiene estrictas reglas de protección: nada de alimentar a los animales ni (mucho menos) cazar por esa zona. Tampoco tirar cosas al agua ni pescar. Los barcos que entran a la bahía tienen que disminuir la velocidad al mínimo y no pueden hacer (casi) ningún tipo de sonido.

Es una reserva natural de flora, fauna y paisaje. Pero yo iba exclusivamente por el paisaje. Especialmente por Margerie. Esta belleza que tiene más de 30 kilómetros de largo es uno de los glaciares más sanos de la bahía. Una vez dentro lo único que esperaba era sensaciones físicas, producidas por ese trozo de hielo macizo que se desprende y cae al agua estruendosamente. En ese momento ya no importa el frío ni la llovizna; ni, en caso contrario, el calor por el exceso de ropa. Es que, con siete ecosistemas diferentes en la misma región, es difícil seguirle los pasos al clima.


De flora, fauna y primavera


Ketchikan es la primera parada de los colonos del Este. Se presenta ante el mundo como la “capital del salmón”. También tiene como atracción turística un camino de tierra entre el monte, se llama “camino del hombre casado” y era la ruta principal de los hombres con ese estado civil para ir a visitar a Dolly, la mujer más famosa de Ketchikan por ser la principal dama de compañía de la ciudad a finales del siglo XIX. Ella tenía dos precios: uno para solteros y otro más caro para casados. Reconocía a los segundos por el

barro que traían en los zapatos.

La calle principal de esta ciudad, Creek Street, está levantada sobre un arroyo, literalmente: las casas se alzan sobre pilares de madera. Es por ese arroyo que corre con agua de deshielo hacia el río más cercano que se ven miles de salmones rojos y verdes peleando contra la corriente.

Los osos, en cambio, no son tan fáciles de encontrar cuando se anda con cuidado. Hay que ir a sitios particulares o meterse despreocupadamente y con comida en el bosque.

La naturaleza está protegida, los seres humanos tienen permiso para caminar por ciertas sendas y los osos pueden recorrer su hábitat, sin que ninguna de las dos especies corra riesgo. Por ejemplo, en el parque Mendenhall, donde está el glaciar, una senda levantada del nivel de la tierra y con vallas de madera indica por dónde caminamos nosotros y dónde habitan los osos.

Una familia de osos negros vive allí. Me acodé en la valla a esperar ver alguno. A mi alrededor todos hacían lo mismo. Logramos ver a uno.

No tenía gran tamaño y carecía de gran destreza al cazar, por lo que era uno de los pequeños de la familia. Sin embargo, se fue triunfante con un salmón en la boca. Para deleite del público, se sentó a la vista a devorar su presa. Hay una particularidad en la forma de alimentarse de los osos, y es que no comen todo el pescado, sino que dejan más de la mitad, que queda en la tierra, descomponiéndose y apestando. Esto no se anuncia en los folletos turísticos.

El hermano del oso dormía sobre un árbol. Lo descubrimos al dejar la senda: dos rangers controlaban el paso de las personas porque el oso negro dormía, con una de sus garras y el cuello y apoyados en la rama de un árbol, justo sobre nuestras cabezas.

Las ballenas, en cambio, son animales escurridizos. Pero como en todo, hay excursiones que llevan turistas a lugares específicos donde es probable que se vea alguna ballena, o al menos el chorro de agua que expulsa. En mitad del verano son tantas y tantos los barcos con turistas, que parece que estuvieran a punto de colisionar.
También están las águilas. El animal más fiel. Corren con la misma fama turística que los otros seres vivos nombrados y junto con los salmones son las más fáciles de localizar. Siempre en la altura, siempre a la caza.


Este artículo fue publicado en la revista Seisgrados. La publicación digital, del 28 de setiembre de 2012, está aquí: http://www.elobservador.com.uy/alaska-la-ultima-frontera-n233564